Discurso de jura como nuevo abogado. Pascual Chinchilla.

El pasado día 21 de noviembre tuvo lugar en los Juzgados de Yecla mi acto de jura como nuevo abogado. Podéis leer el discurso con el que me presenté ante mis compañeros de profesión. En este acto estuvieron presentes mi familia y mis amigos, a ellos, por su presencia y cariño, muchas gracias.

Pascual Chinchilla

CON LA VENIA DE SU SEÑORIA:

Entenderán mi enorme alegría y agradecimiento. Mi saludo y mi abrazo más efusivo es para quiénes hoy son partícipes de este acto.

A la Ilustrísima señora Juez, al Ilustrísimo señor Fiscal, a todos los trabajadores de este juzgado, mi agradecimiento más respetuoso por darme la bienvenida a esta profesión.

A los abogados de Yecla mi reconocimiento por su disposición en acompañarme hoy. Su apoyo es valioso para un joven diletante que en más de una ocasión les va a pedir consejo y ayuda.

A Fernando Campillo, quien hoy en este solemne acto es mi padrino, quiero agradecerle no solo su presteza por imponerme la Toga, sino por haber sido la persona que me ha dado la primera oportunidad de conocer, ya fuera de las aulas y en su despacho profesional, el alcance práctico del Derecho. Su estoica paciencia conmigo, sería merecedora de algún prestigioso premio internacional.

Si bien la jura de los nuevos abogados suele celebrarse con frecuencia en las instalaciones del Colegio de Abogados, en Murcia, mi deseo de llevar a cabo esta celebración en Yecla responde a una intención por reivindicar algo propio. Este sentido de la propiedad no es algo excluyente. Se trata, más bien, de lugares, de personas y de momentos que han formado parte de mí. Aquí, en Yecla, nací y crecí.

Este acto de jura, entiendo, es mucho más que un simple formalismo, para mí este es un viaje iniciático y, por supuesto, el punto de partida debe ser mi ciudad, y en él he creído que debían estar mi familia y mis amigos. Si bien es cierto que aquí estáis los más allegados, noto la ausencia de algunos muy buenos amigos que no han podido venir por encontrase hoy en otra ciudad, o incluso en otro país. A ellos, aunque hoy no estén presentes, también quiero referirme en igual medida, por su ilusión de haber querido estar hoy aquí sin ser finalmente posible.

Para mis abuelos, mis tíos, mis tías, mi hermana, y, muy particularmente para mi padre y mi madre, es justa una especial consideración, para ellos mi más sincera gratitud por su apoyo incondicional.

Sin ellos, sin mi padre y sin mi madre, resulta obvio, no solo no dispondría de la vida misma, sin sus consejos, el resultado de todas las decisiones que hasta ahora he podido tomar, habría naufragado entre las prisas de mi juventud inexperta.

A pesar de mis palabras de afecto, tengan por seguro que soy consciente de que este no es en modo alguno un acto de reconocimiento, sino simplemente una bienvenida y yo la celebro sin reservas. Para quién hoy solicita la venia, todo, absolutamente todo, está por hacer.

Deseo, además, verbalizar un compromiso: las razones por las que hace unos años decidí estudiar la licenciatura en Derecho estuvieron desde el principio muy vinculadas a la creencia en que el Derecho es la vía inmediata para la consecución de la Justicia. Argumentaré en este sentido lo siguiente: Considero que este acto solo resulta de utilidad si la formalidad de jurar lealtad a la Constitución y al resto del ordenamiento jurídico está incardinada a una verdad mucho más esencial: se trata, más bien, de asumir una responsabilidad ética.

Esta profesión tiene sentido cerca de quienes sufren. De quienes son agraviados, ofendidos u oprimidos. La profesión de abogado, entiendo, solo tiene sentido desde el servicio a la Justicia. La Justicia en su expresión más ideológica. La Justicia entendida en un sistema de libertades, de respeto a la legalidad, de proporcionalidad, una Justicia humanitaria.

Han pasado solo unos meses desde que estoy trabajando en un despacho de abogados y en este breve tiempo, he podido acompañar en ciertas ocasiones a mis colegas de trabajo a las comisarías y a los juzgados en el turno de oficio de la Justicia Gratuita. Haré mención a ello, pues creo que es una exigencia moral para cualquier abogado facilitar los intereses, también, de aquellos que no pueden costearse los servicios de un despacho de abogados.

Y es que, no debemos tolerar una administración de Justicia bifronte, una para los ricos, y otra para los pobres. Los abogados tenemos una misión trascendental cuando se trata de hacer valer los derechos todos. De esa forma, podremos contribuir a romper el círculo, casi atávico, que ha vinculado a la pobreza con la injusticia.

Como dos caras de una misma moneda, el delito se presenta como la respuesta natural a un orden social en el que unos tienen todas las oportunidades, y otros, no tienen ninguna. Basta asomarse a una prisión cualquiera, de un país cualquiera, para comprobar que salvo raras excepciones, la pobreza y la marginalidad son las primeras causas de un orden antinatural de privación de la libertad.

Además, en un momento como este, de gravísima crisis social en nuestro país, con una insoportable tasa de paro y de pobreza infantil, de limitación de derechos esenciales, debemos estar vigilantes, no solo el colectivo de juristas, sino la sociedad en su conjunto, para que esta situación no derive en una brecha social que socave los pilares de todo el sistema constitucional democrático.

Si la Justicia no está en venta y logramos que los derechos humanos no sean una mercancía negociable sujeta a la conveniencia política, si estamos realmente persuadidos de ello, entonces, estaremos preparados como dice el artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, para vivir fraternalmente.

Así, les manifiesto que creo en los procesos participativos incluyentes, en la democratización de la justicia y en la consolidación de los derechos civiles, políticos sociales, económicos y culturales que propician un mayor bienestar, que no es otra cosa que una dosis mayor de felicidad. También para eso estamos los juristas.

Como esos versos de Mario Benedetti: Defender la alegría como una trinchera, como un Derecho.

No ignoraremos que cada vez que el ofendido busca reparo para su agravio en la Justicia, esta debe resarcirle no solo en su Derecho, la Justicia, quienes la imparten, y quienes podemos influir en su administración, debemos aspirar además, a restablecer la confianza de ese ciudadano ante las instituciones del Estado. Cada vez que la justicia libera una sentencia con prontitud, ecuánime y justa, los ciudadanos, tienen una razón más para creer en el orden democrático.

Señores abogados, les propongo un trato: ustedes me prestan un poco de su experiencia y yo, a cambio, les doy un poco de mi juventud. Es la mejor forma de transformar el presente y hacerlo futuro. Ustedes me regalan su tranquila sabiduría y a cambio yo prometo, llegado el día, cederle el testigo a un nuevo compañero, como ustedes lo hacen hoy conmigo.

Creo que reuniones como la que celebramos hoy, son un ejercicio de responsabilidad y sano corporativismo que dignifica nuestra profesión. El interés de los justiciables se verá siempre favorecido si la relación entre sus letrados es fluida y respetuosa. Procuremos un bien compartido. O como lo razona el escritor Eduardo Galeano en su llamada “tecnología del vuelo compartido”: para salvarnos: juntarnos, como los dedos en la mano, como los patos en el vuelo, de manera que cada uno abre paso al siguiente, turnándose en sus posiciones con sentido común y sin pretensiones de súperpatos ni de subpatos por ir delante o detrás según el momento; el vuelo es uno.

La función social de la abogacía, es consustancial a su aspiración por la Paz social. Permítanme concluir ejemplificando el valor que tienen
nuestros actos como abogados sobre el interés de nuestros representados: podemos tensar tan fuertemente nuestras pretensiones que éstas acaben por quebrar definitivamente la unidad de una familia, o por el contrario, podemos procurar una solución amistosa que beneficie a todos.

La Justicia también debe ser paciente, tolerante: si exigimos que con extrema contundencia todo el peso de la ley caiga sobre quien ha fallado una vez, posiblemente le arrebatemos a esta persona cualquier opción de resocialización, de volver a sentirse útil para la sociedad de la que es parte. Si entendemos, por el contrario, que las personas tienen también, al menos una vez en la vida, el derecho a equivocarse, entonces, estaremos construyendo una sociedad de oportunidades y no de limitaciones.

Todas esas decisiones, diarias y cotidianas, forman parte de un esquema vital. Elegir, al fin y cabo, entre la inmediata recompensa profesional o económica, o un bien social muy superior.

Como afirma Manuel Vicent recurriendo al símbolo del atraco a mano armada, y ahora sí concluyo, se trata, una vez más, de elegir entre la bolsa… o la vida.

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